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Lo invisible en la literatura:
los susurros del mal
Mariella Manrique

©Mariella Manrique

¿De dónde viene ese susurro malévolo que tortura a ciertos personajes? ¿Es parte de su estructura mental o ha sido introducido sutilmente por otros? Quizás sea su particular sensibilidad aunada a los juicios y abandonos de que han sido víctimas lo que, lenta e inexorablemente, como monigotes del destino, los ha llevado a convertirse en lo que más odian o más temen.

El mundo interior de Raskólnikov, el atribulado personaje de Crimen y castigo, de Fedor Dostoievski, y de Castels, de El Túnel, de Ernesto Sábato, se caracteriza por tener al menos dos voces en conflicto: juzgan duramente a los otros, pero esa misma voz que los ubica inicialmente en una posición de superioridad o suficiencia es la que los empieza perseguir, a acorralar, hasta que se vuelve en contra de ellos mismos y los consume. Así, Raskólnikov se convierte en el hombre inferior al que inicialmente le parece lícito eliminar a otros, razón por la cual decide entregarse a la justicia; Castels, por su parte, termina su historia sumido en la oscuridad: puede pintar en prisión, pero tras haber asesinado a la única persona que entiende su pintura, se desvanece el sentido mismo de su obra: “Sentí que una caverna negra se iba agrandando dentro de mi cuerpo”. El flujo de conciencia de estos personajes está envenenado por susurros inquietantes que irán tejiendo su tragedia.

Raskólnikov comienza a desatenderse de la realidad, quizás en parte debido a circunstancias externas relacionadas a su situación económica:

No se podía decir que fuese miedoso o tímido, sino todo lo contrario; pero, desde hacía cierto tiempo, el joven se hallaba en un estado de excitación y angustia rayano en la hipocondría. Se había replegado hasta tal punto sobre sí mismo y se había aislado tanto de los demás, que le producía aprensión la idea de cruzarse, no ya con la dueña de su casa, sino con cualquiera otra persona. La pobreza le tenía abatido. Pero, últimamente, incluso su penosa situación había dejado de preocuparle. Se había desentendido por completo de las cuestiones del diario vivir y no quería ocuparse de ellas.

Por otra parte, Castels muestra una forma de pensar que se orienta hacia la desconfianza y la sospecha; este personaje afirma que siempre ha sido de esta manera y no considera que sea efecto de alguna circunstancia:

En la época en que yo tenía amigos, muchas veces se han reído de mi manía de elegir siempre los caminos más enrevesados: Yo me pregunto por qué la realidad ha de ser simple. Mi experiencia me ha enseñado que, por el contrario, casi nunca lo es y que cuando hay algo que parece extraordinariamente claro, una acción que al parecer obedece a una causa sencilla, casi siempre hay debajo móviles más complejos.

El fatum de estos personajes despierta cuando pensamientos obsesivos empiezan a atormentarlos; ellos se sienten cada vez más oprimidos por ideas que se cuelan en su psiquis y que podrán ejecutar porque de formas inesperadas se presentan las circunstancias favorables para ello.

Así, en el caso de Raskólnikov, a partir de un sueño vívido que lo hace despertar hacia la empatía, llega a descartar la idea obsesiva de asesinar a la vieja viuda prestamista: “-¡Dios mío! – exclamó-. ¿Será posible que coja yo un hacha, y que golpee la cabeza hasta partirle el cráneo? ¿Será posible que pise la sangre pegajosa, tibia, que haga saltar el candado, que robe y tiemble, que me esconda, empapado en sangre, con el hacha?.... ¡Señor, Señor! ¿Será posible?”. Inmediatamente después se pone en pie, camina, se siente libre: “Tenía la sensación de haberse librado del terrible peso que le abrumaba desde hacía tiempo, y la paz invadió su alma”. Sin embargo, ocurrirá una circunstancia que lo pondrá de vuelta en el plan del asesinato; le perturbará especialmente esa sensación de que pareciera no poder librarse de ello y estar sometido a una fuerza mayor: “Siempre le pareció rara tal coincidencia. La insignificante conversación oída en un fonducho de mala muerte ejerció sobre Raskólnikov una extraordinaria influencia a medida que fueron desarrollándose los acontecimientos, como si, en efecto, hubiera habido una especie de predeterminación, una señal…”. Finalmente, Raskólnikov cometerá el crimen. Cuando se dispone a perpetrarlo, se siente ajeno de sí mismo, empujado por una fuerza sobrenatural: “El último día, llegado de manera tan imprevista y decidiendo de golpe todas las cosas, influyó en él de modo casi mecánico, como si alguien le hubiese tomado de la mano y le hiciera seguir irresistible, ciegamente, con fuerza sobrenatural, sin objeción posible”.

En el caso de Castels, su obsesión por poseer y controlar a María lo lleva a discusiones cada vez más frecuentes con ella, tras las cuales crecen sus temores: “Pero debo agregar que no era ese hombre el que más me torturó, porque al fin y al cabo de él llegué a saber bastante. Eran las personas desconocidas, las sombras que jamás mencionó y que sin embargo yo sentía moverse silenciosa y oscuramente en su vida. Las peores cosas de María las imaginaba precisamente con esas sombras anónimas. Me torturaba y aún hoy me tortura una palabra que se escapó de sus labios en un momento de placer físico”. Al final, su decisión de matarla será firme, aunque no exenta de dolor: “Tengo que matarte, María, me has dejado solo. Entonces, llorando, le clavé el cuchillo en el pecho”.

Las voces tortuosas de Raskólnikov y Castels son el grito descarnado desde el que la literatura permite ver lo que se ha invisibilizado; los susurros que los atormentan los empujan a un túnel donde el crimen y el castigo son inexorables.


Mariella Manrique García (Guayaquil, 1975) se licenció en Ciencias de la Educación y Literatura en la Universidad Católica de Guayaquil y culminó su Master de Español como Lengua Extranjera con la Universidad Miguel de Cervantes. Formó parte de los talleres del escritor Miguel Donoso Pareja. Publicó poemas escogidos en Mensaje en una botella (2002) y el libro de cuentos La familia de todos los santos (2007). En el ámbito de la docencia ha colaborado con la Universidad Católica, Casa Grande y ESPOL. Actualmente es profesora en la Unidad Educativa Particular Bilingüe Liceo Los Andes y en la Universidad Casa Grande.



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